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LA
SESIÓN CORTA
Una manzana de discordia para el psicoanálisis
Por Jacques-Alain Miller (1)
Me
parece que lo que ha ocurrido a mitad del siglo XX es esto:
los analistas empezaron a padecer de una falta de objeto,
de la falta de un acceso directo al objeto de su experiencia;
falta que, sin embargo, era estructural puesto que determinada
por la definición freudiana de este objeto como siendo
el inconsciente, el cual sólo es susceptible de ser
deducido. Los practicantes de la contratransferencia solamente
encontraron en la sesión un único objeto inmediato:
su propia experiencia mental. Ello les apasionó, se
dieron a esta pasión y, por esa vía, se persuadieron
de que aprendían mucho de sus pacientes y de ellos
mismos. Lacan, por su lado, siguiendo lo que era para él
la vía del freudismo auténtico, centró
la experiencia analítica en el discurso del paciente
y requirió del practicante la atención más
escrupulosa ante el detalle más ínfimo de ese
discurso, cosa que para los practicantes ganados a la contratransferencia
apareció como un privilegio indebidamente acordado
al aspecto lingüístico de la experiencia. Son
estas dos formas opuestas, dialécticamente determinadas,
de la práctica del psicoanálisis. Son dos soluciones
contrarias frente a la misma dificultad, que tienen que ver
con el carácter irrepresentable del inconsciente, con
la imposibilidad primigenia de un acceso directo a ese Etwas
que no tiene nunca la forma de lo inmediato.
El
tiempo de la sesión está condicionado por la
solución adoptada. El practicante de sesiones largas,
asediado por su paciente, "invadido" (Roy Shafer)
por las asociaciones de éste, encuentra refugio en
sus propias asociaciones, que devienen el objeto privilegiado
de su experiencia. En sentido contrario, el lacaniano tiende
necesariamente a acortar la duración de la sesión
y a darle la forma de un acto fulgurante y desubjetivado,
generador de su propia certeza y cuyo Abgrund se ofrece
a la objeción de lo arbitrario.
(
) La atención prestada por el analista a sus
propios procesos mentales es coherente con una duración
larga de la sesión. En cuanto a la sesión lacaniana,
esta apunta más bien a un efecto de tipo zen. Es en
ese sentido en el que Lacan hablaba del acto analítico.
Esto quiere decir que el analista en funciones, el analista
como tal no piensa. La definición lacaniana de la posición
analítica por un "yo no pienso" le coloca
en el lugar opuesto al cogito cartesiano. Rechazar el pensamiento
al analista es cortarle la vía de la contratransferencia,
donde el analista piensa, piensa en sí mismo, piensa
demasiado, se embaraza con su pensamiento. Es querer al analista
idéntico a su acto, denegarle la calidad de sujeto,
desubjetivarle. Si el analista se deja manipular por su contratransferencia,
por sus fantasmas y sus prejuicios, por sus pensamientos,
si se deja seducir y sugestionar, entonces, en efecto, ya
no está en el lugar donde debe estar, cae de ese lugar:
es un lapsus del acto. En ese sentido, la contratransferencia
sí figura en la técnica lacaniana, pero solamente
bajo un aspecto negativo: no es un instrumento de exploración.
A mi parecer, ahí Lacan está, para bien y para
mal, en línea directa con la tradición freudiana.
(1):
Extracto del debate entre D. Widlöcher y J-A Miller animado
por B. Granger, el 1º de junio de 2002 y aparecido en
PSL Nº 1.
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