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El amor del síntoma contra el odio de la diferencia
Por Marie-Hélène Brousse
La situación política actual [1] y esto vale para la política en general como para la política del psicoanálisis, ve enfrentarse dos concepciones del malestar en la civilización: una es socialmente dominante y aspira a una mirada totalitaria de las cosas humanas y la otra es resistente y se apoya sobre los disfuncionamientos, los fracasos.
Para Jacques-Alain Miller, se trata aquí de oponer al principio del ‘eso funciona’, la ley del fracaso. [2] En el mundo ‘psi’, en extensión constante, esta oposición puede tomar la forma de la oposición entre las terapias cognitivo-comportamentales y el psicoanálisis: las primeras ocupadas en la gestión de masas por la maquinaria estadística, están al servicio del amo; la segunda, procedente de la lógica significante que obra en los sujetos tomados uno por uno, está al servicio del sinthoma.
Esta oposición es general y se encuentra en todos los niveles de las prácticas sociales. El psicoanálisis sin embargo se encuentra en una posición particular. En efecto, lejos de desconocer el resorte de las prácticas de adaptación y de dominio, ha estudiado su fundamento, ya que como disciplina está extraída de la hipnosis y de la sugestión por la teorización de los fenómenos de transferencia. Este fundamento es una de las tres dimensiones que Lacan plantea como coordenadas de funcionamiento psíquico: lo imaginario. La orientación analítica no sostiene la ignorancia del poder de las imágenes, sino una elección a la vez ética y pragmática.
El factor ‘psi’ se ha convertido en un elemento de la política. Lacan lo señala de manera casi visionaria en su texto de 1947 “El psicoanálisis inglés y la guerra” cuando avanza que ”El desarrollo, que va a crecer en este siglo, de los medios de actuar sobre el psiquismo, un manejo concertado de las imágenes y de las pasiones, de las cuales ya se ha hecho uso con éxito, contra nuestro juicio, nuestra resolución, nuestra unidad moral, serán la ocasión de nuevos abusos de poder” [3]. Esto ya es así en todas las ramificaciones del lazo social, al punto de hacer obsoleto el título inolvidable de Michel Foucault “Vigilar y castigar” [4], al cual hoy conviene substituirlo por el slogan “Cuidar y curar” bajo el cual se puede poner el reciente informe del Inserm [5] sobre el niño revoltoso [6]. La gestión de masas implica, por estructura, un rechazo de la diferencia en términos de singularidad individual. Reabsorbe la diferencia en la distancia en relación a la norma, que es definida por la media en términos de comportamiento. La diferencia en el sentido psicoanalítico - es decir la diferencia aprehendida por fuera de toda perspectiva comparativa, la diferencia pura- no es pertinente en esta óptica. Mucho más que eso, es odiada, ya que trae consigo la ley del fracaso: en efecto, se enraíza en el fracaso fundamental del sujeto que habla, es decir el fracaso de la relación. No es posible hablar de diferencia –la pequeña como las grandes- sin que se introduzca y luego se despliegue esta especificidad del parlêtre que es la no-relación, sexual y general. Ahora bien, el discurso del amo, como el del inconsciente por otro lado, quiere relación entre los palêtres: aún más, quiere hoy una relación igualitaria y comunitarista. La relación implica no solamente la clase, es decir la casilla, sino que además genera el sentido, el bueno si es posible. El psicoanálisis permite saber que la estructura de una tal relación nos lleva implacablemente a la lógica del semejante, del doble, dicho de otra manera, a lo imaginario. Sería de la misma harina oponer, en un angelismo de la clínica analítica, el odio de la diferencia al amor de la diferencia, como la disciplina de la historia desmiente y entonces demuestra siempre la ferocidad segregacionista.
Esto justifica que propongamos la expresión “amor del síntoma” que vamos a desplegar.
Del síntoma al sinthome
El sinthome está en el corazón de la experiencia analítica de muchas formas.
Primero a nivel fenomenológico: las personas que vienen a consultar un ‘psi’ - psi-coanalista u otro- comienzan por hacer del sujeto de su queja, el origen y la causa de su sufrimiento de vivir. Vienen a hablar de eso, en la urgencia, a veces una urgencia desconocida por ellos mismos. En un segundo momento aparece que ellos lo aman y que el síntoma, por ser presentado como un problema, no es menos también para el sujeto una solución. Da sentido y justificación al modo de vida del sujeto. Estudios americanos en psiquiatría han mostrado, por ejemplo que los sujetos alucinados que el tratamiento medicamentoso había desembarazado de sus voces lo lamentaban y las preferían a su normalidad encontrada.
Luego a nivel estructural: de eso que es un hecho de experiencia –los sujetos aman su síntoma-, el psicoanálisis hace método. Puesto que las formas del amor es un producto de la experiencia de palabra, se trata de desplazar este amor por el síntoma hacia aquél a quien se le habla , experiencia que se produce inauguralmente desde los comienzos del tratamiento de la histeria por Sigmund Freud y Joseph Breuer. Una segunda forma del síntoma puede entonces aparecer: la de un saber enigmático, descifrable por la disciplina del significante. En términos de álgebra lacaniana, el S1 está separado del objeto a. La parte de goce del síntoma esta momentáneamente retirada de eso. Puede entonces ser nombrada por el sujeto, lo que le saca su poder de trabajo a la orden del Otro, al cual el sujeto estaba correlacionado. Esta operación da cuenta de los efectos terapéuticos del análisis. Como lo indica Jacques-Alain Miller, el descubrimiento o incluso la invención de Freud del síntoma histérico se ha hecho en el contexto del discurso de la ciencia que plantea la existencia de un real, mostrando en él que hay sentido en lo real: “Algo de sentido en lo real [7], es el soporte del ser del síntoma en el sentido analítico (…) Se ha aceptado el S2 freudiano, es decir el sentido asociativo, al lado del sentido imperativo.” [8] El síntoma analítico se define entonces como una cadena de significantes ordenada por la lógica de la lengua.
No obstante no es aún eso lo que Lacan introduce en su Seminario XXIII con el término sinthoma. En efecto, hoy “se ha producido una escisión de lo real y del sentido” [9], escisión claramente percibida por Lacan en esta última parte de su enseñanza y de la cual resulta una repartición de tareas: a lo real del síntoma el medicamento, al sentido las terapias ‘psi’.
El psicoanálisis no es y nunca ha sido una disciplina del sentido. Es una disciplina de lo textual y de la letra que tiende entonces a transformar el síntoma en un texto cifrando el goce. El sinthome se aborda a partir de aquí.
La diferencia entre síntoma y sinthome no se sostiene entonces ni a la presencia ni a la ausencia de sentido –puesto que el síntoma, si da sentido, no tiene sentido-, ni a la incidencia de lo real –de volver al mismo lugar-, el síntoma es del orden de lo real. La diferencia se sostiene en el hecho que el síntoma es siempre construido a partir de la exigencia que en el inconsciente haya relación sexual. El síntoma trata siempre de escribir una relación en el lugar de una equivalencia. Se sitúa entonces del lado de la necesidad. El sinthome al contrario, es solidario de la constatación del hecho que no hay relación que se pueda escribir concerniendo al goce sexual para todo viviente sumergido en el lenguaje. En esto, participa entonces de la contingencia y lo aplica a lo simbólico mismo. Un nudo no es una cadena y el S1 no es la determinación del affaire.
Las lecciones del pase
La referencia al sinthome permite salir de ciertas aporías en la cura analítica tal como nos han aparecido en el laboratorio de clínica analítica que es el procedimiento del pase.
Primero, la clínica del pase ha mostrado de manera irrefutable que era imposible a los carteles producir los criterios del fin del análisis como del pasaje al analista, que valgan para toda cura. Esto no quiere decir que no se pueda enunciar los elementos comunes a todas las curas o ubicar las constantes. Esto es posible porque la lista de fantasmas es limitada y que el síntoma, constituido bajo transferencia en la cura, se constituye ahí como saber transmisible. Jacques-Alain Miller nos invita a considerar que: ”El inconsciente primario no existe. El inconsciente primario no existe como saber. Para que devenga un saber, para hacerlo existir como saber, hace falta el amor” [10]. Hay entonces un saber posible surgiendo del desciframiento y de la interpretación en el análisis. Pero en lo que concierne al fin de análisis y el pasaje al analista, el pase revela ser un lugar en donde la diferencia se manifiesta en tanto que rebelde a todo método comparativo o modelización única: una diferencia pura que no da asidero a la necesidad. El modelo sería más bien a buscar por el lado del estudio que hace Jacques-Alain Miller de la paradoja lacaniana de los tres prisioneros. La formulación de criterios es ahí imposible porque ese pasaje no depende sólo de la cadena significante. Lleva la marca de la contingencia y depende del acto y de la no relación.
Luego, una cuestión quedaba en suspenso: en los testimonios del pase, a menudo los recuerdos de escena constituyen los elementos claves. Esta presencia rebelde de la imagen, imágenes directas o indirectas -en todo caso imborrable- no dependen de la relación especular y de la estructura dual del semejante. Por lo tanto ordenarlas bajo la categoría clínica de recuerdo pantalla y entonces dentro de las formaciones del inconsciente, no parece sostenible sólo porque esas escenas habían sido sometidas al tratamiento de la lógica del significante que rige la cura bajo transferencia de forma global. Guardan sin embargo un carácter particular ligado a su fijación, sin por eso depender de la formulación del fantasma. Este rasgo de fijeza es transportable al rasgo por el cual Lacan, en la última parte de su enseñanza, caracteriza lo imaginario, a saber la consistencia. Estas escenas, de una manera o de otra, implicaban el cuerpo.
El Seminario XXIII permite hacer una hipótesis: estos elementos, cristales de imaginario imborrable en el proceso analítico, conservan una referencia al cuerpo y a su imagen ¿no son a considerar como el núcleo del ego? No se trata ahí de “el ego corrector” del que Lacan habla a propósito de l a escritura de Joyce [11] sino del cuerpo tal como se sitúa en todo anudamiento borromeo. Estas escenas presentan la imagen, entonces el cuerpo, fuera de toda perspectiva totalizante, pero por el contrario no sin relación con el circuito del goce. Esto da también una pista para responder a la pregunta del devenir del narcisismo en una cura llevada a su término.
Así “con el ultimo Lacan, se encuentra mas bien tres inconscientes, tres modalidades diferentes del inconsciente” [12] y el síntoma es a considerar como el anudamiento de esos tres inconcientes. El sinthoma es el ego o el avatar del narcisismo después del desinflamiento del yo ideal especular (consistencia), la cadena de los significantes amos (nominación que hace agujero) y el objeto estigma, real de una experiencia de goce (existencia). Es por lo que, mas que amor del síntoma, como lo sugería nuestro título y que podría entenderse como una eternización de la transferencia o aún amor del inconsciente, nosotros preferimos el amor del sinthome que, de hacer nudo, también hace detención.
Teniendo en cuenta “la evaporación del padre”, hoy patente, el psicoanálisis resiste a la solución por los hermanos, ya sea a la ascensión del odio de la diferencia que subordina el lazo social a la segregación, por el amor al sinthome, el cual puede, a falta de padre tratar lo real. Brevemente, se trata de amar” lo que hay de singular en cada individuo” [13], sin esperanza de relación.
Notas:
[1] “L’amour du sinthome contre la haine de la differérence”, texto publicado en la la Revue de la Cause freudienne, nº 62, nouvelle revue de psychanalyse, marzo 2006. Traducción realizada por Marcela Errecondo con la amable autorización de M.-H-Brousse. No ha sido revisado por el autor. Marie-Hélène Brousse es maître de conférence en el Dépattement de psychanalyse (Université de Paris VII), psicoanalista, miembro de la Escuela de la Causa Freudiana.
[2] Miller, Jacques-Alain, “Una fantasía”, Revista lacaniana nº 3.
[3] Lacan, Jacques, “La psiquiaría inglesa y la guerra” (1947), Autres écrits, Paris, Le Seuil, 2001, pg. 120. La traducción es nuestra.
[4] Foucault, Michel, Surveiller et punir, Paris, Gallimard, 1975.
[5] Instituto Nacional de salud, educación e investigación médica de Francia
[6] Inserm,” Rapport Trouble des conduites chez l’enfant et l’adolescent, expertise collective Inserm”, Paris, 2005.
[7] NdT: “Du sens dans le reel…” el término “du” indica un partitivo, hay algo de, hay una parte de, no se puede hablar de una totalidad, se podría decir : de lo real.
[8] Jacques-Alain Miller: op.cit. Una fantasía
[9] Ibid.
[10] Jacques Lacan, Le Séminaire, libro XXIII, Le sinthome (1975-76), Paris, Le Senil, 2005, p. 152.
[11] Ibid.
[12] Jacques-Alain Miller, Ibid
[13] Jacques-Lacan, op. cit. p. 168.
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