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"El
Señor A"
Seminario del 18 de marzo de 1980
Jacques Lacan
El
Señor A., filósofo, que surgió quien
sabe de dónde el sábado pasado y me dio la mano,
hizo que me volviese a surgir un título de Tristán
Tzara.
Eso data de Dada, es decir no de las zalamerías que
comienzan con Littérature- revista a la que no le di
una sola línea.
Se me imputa de buena gana un surrealismo que está
muy lejos de mi talante. Lo probé no contribuyendo
a él sino lateralmente, ya tarde para hacer rabiar
a André Breton. Debo decir que Eluard me enternecía.
El señor A. No me enternece, pues me hizo acordar del
título: El señor A, el antifilósofo.
Eso, eso me pasmó.
En cambio, cuando le pasé a Tzara, que vivía
en el mismo edificio que yo, calle de Lille número
5, La instancia de la letra, no le dio ni frío ni calor.
Y yo que creía decir algo capaz de interesarlo. Pues
bien, en absoluto. Fíjense como se engaña uno.
El único delirio de Tzara era con Villon. Así
y todo, él desconfiaba de este delirio.
Yo no precisaba para nada que delirara conmigo. Ya hacían
eso unos cuantos. Y eso dura todavía. Como no todos
ustedes estuvieron conmigo el sábado y el domingo,
porque no todos ustedes son, gracias a Dios, de mi pobre Escuela,
no tienen idea de adónde puede llegar, el delirio sobre
mí.
Lo que me da esperanzas es que Tzara acabó por desentenderse
de Francois Villon, igual que yo,, además.
Este señor A es antifilósofo. Es mi caso. Yo
me sublevo, por decirlo así, contra la filosofía.
De lo que no cabe dudas, es de que es cosa terminada. Aunque
me temo que le va a rebrotar algún retoño. Estos
rebrotes se producen a menudo con las cosas terminadas.
Miren esa Escuela architerminada: hasta ahora, había
en ella juristas convertidos en analistas, pues bien, ahora
está quien se hace jurista por no haberse hecho analista.
Y además, jurista de camelo, como se las cantó
claras Pierre Legendre.
¿Tengo que ser más preciso? De ningún
modo pienso disolver la Escuela Normal Superior, donde en
una época encontré la mejor de las acogidas.
Mi rayo cayó justo al lado, calle Claude Bernard, donde
había instalado la Escuela mía, con local puesto.
En cuanto a la Causa freudiana, no tiene más mueble
que mi buzón.
Indigencia que ofrece muchas ventajas: nadie me pide que de
seminarios en mi buzón.
Es menester que innove, dije- con la reserva de agregar: no
totalmente solo.
Lo veo así: que cada cual colabore en ello.
Vayan. Júntense varios, péguense unos a otros
el tiempo que haga falta para hacer algo y disuélvanse
después para hacer otra cosa. Se trata de que la Causa
freudiana escape al efecto de grupo que les denuncio. De donde
se deduce que solo durará por lo temporario, quiero
decir- si uno se desliga antes de quedar tan pegado que ya
no pueda salirse. Esto no exige gran cosa:
-un buzón, véase más arriba.
-un correo, que hace saber qué, en ese buzón,
se propone como trabajo,
-un congreso o, mejor, un foro donde eso se intercambie,
-por último, la publicación inevitable, al archivo.
Además se necesita que junto con es instaure yo un
remolino que les sea propicio.
Eso o el pegoteo seguro.
Fíjense cómo lo digo de a poquito. Les doy tiempo
para comprender.
¿Comprender qué? Yo no me jacto de hacer sentido.
Tampoco de lo contrario. Pues lo real es lo que se opone a
eso.
Rendí homenaje a Marx como inventor del síntoma.
Sin embargo, este Marx es el restaurador del orden, por el
solo hecho de que reinsufló en el proletariado la dimensión
/ la dicha mansión ( dit-mensión) del sentido.
Bastó con que, al proletariado , lo llamara así.
La Iglesia aprendió su lección, esto es lo que
les dije el 5 de enero. Sepan que el sentido religioso hará
un boom del que no tienen ustedes la menor idea. Es una evidencia
que se impone. A los que son responsables en la jerarquía
más que a los demás.
Intento ir en contra, para que el psicoanálisis no
sea una religión, aunque tienda a ello, irresistiblemente,
al suponerse que la interpretación no opera sino por
el sentido.
Enseño que su resorte está en otra parte, principalmente
en el significante como tal.
A lo cual resisten aquellos a quienes le da pánico
la disolución.
La jerarquía no se sostiene sino por administrar el
sentido. Por eso no pongo a ningún responsable en el
banquillo sobre la Causa freudiana. Con lo que cuento es con
el remolino. Y debo decirlo, con los recursos de la doctrina
acumulados en mi enseñanza.
Paso a las preguntas que se me hicieron a mi pedido.
No veo por qué iba yo a objetar que se formen carteles
de la Causa freudiana en Quebec. Aclaro: con la única
condición de que se le notifique al correo de dicha
Causa.
¿El Más-Uno se sortea?- me pregunta Pierre Soury-
a quien contesto que no, los cuatro que se asocian lo eligen.
Me escribe también esto que les leo:
"En cuanto a los mil de la Causa freudiana, al comienzo
se formarán carteles por elección mutua y después,
mediante una redistribución general, se reconstituirán
por sorteo en el seno del conjunto grande. Lo cual implica
que, entre los mil, cualquiera puede verse movido a colaborar
en grupo pequeño con cualquier otra persona".
Le hago notar que no es esto lo que dije, ya que de estos
mil, que por otra parte son más, por el momento no
invito a formarse en carteles sino a los no miembros de la
Escuela.
Así pues, no hay "conjunto grande". Y no
implico sorteo general, sino sólo para componer las
instancias transitorias que serán los puntos de referencia
del trabajo.
Dicho esto, felicito a Soury por formular la colaboración
en la Causa de cualquiera con cualquiera. Es, en efecto, lo
que se trata de obtener, pero a término: eso tiene
que remolinear así.
Algún otro se inquieta por lo que quiere decir precisamente
ser un AE. Pues bien, que relea mi Proposición de octubre
de 1967. Verá que esto supone al menos abrirla.
Otro me pide que articule la relación de lo que he
llamado el pegoteo, con lo que Freud llama, refiriéndose
a la represión, fijación. Aparte, es una persona
que no se conformó con enviarme esta pregunta, sino
que adjuntó textos. A decir verdad, no me los envió,
me los dejó ayer, en mi casa.
Se trata de Christiane Rabant, que quedó impresionada,
me dice, por lo que llegué a articular de la carta
de amor. ¿Qué es lo que se fija? El deseo que,
por estar tomado en el proceso de la represión, se
conserva en una permanencia que equivale a la indestructibilidad.
Es éste un punto sobre el cual he insistido hasta el
final, sin dar el brazo a torcer.
En esto el deseo contrasta totalmente con la labilidad del
afecto.
La perversión es al respecto harto indicativa, puesto
que la fenomenología más simple pone claramente
en evidencia la constancia de los fantasmas privilegiados.
Sin embargo, aún cuando muestra el camino, desde el
origen de los tiempos, no nos abre su entrada, ya que fue
necesario Freud. Fue necesario que Freud descubriese primero
el inconsciente para que llegase a ordenar en esta senda el
catálogo descriptivo de esos deseos, dicho de otra
manera: la suerte de las pulsiones- como traduzco yo Triebschiksale.
Lo que se trata de establecer es el lazo de esta fijación
del deseo con los mecanismos del inconsciente .
A ello precisamente me dediqué, puesto que jamás
pretendí superar a Freud, como me imputa uno de mis
corresponsales, sino prolongarlo.
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