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"Del
grupo al Cartel, del líder al Más-Uno"
Guy Trobas
Me
hago regularmente preguntas referentes a la invención,
por Lacan, del cartel. Entre estas preguntas hay una que concierne
directamente a nuestra experiencia de cartelizantes -experiencia
reciente ya que data, en verdad, de la creación de
la Ecole de la Cause freudienne- entonces, una pregunta que
podría formularse así: ¿se pueden poner
marcas para situar lo que sería una práctica
de más-uno? Remarquemos a continuación que esta
pregunta conlleva lógicamente una toma de posición,
la de que se puede, efectivamente, hablar de práctica
de más-uno, que es pertinente con la concepción
del cartel en Lacan. Despúes de todo, esta apreciación
que, por mi parte, extraigo de las formulaciones que dio Lacan
del cartel en 1964 y 1980, no siempre ha sido evidente. Sobre
ella podemos remitirnos al debate, muy animado, sobre el más-uno,
que Lacan había suscitado, de alguna forma por sorpresa,
en las Jornadas de la ex-EEP en Abril del 75 (1).
En este debate, lo que aparecía como una roca -lo que
hacía Massenpsychologie- es una especie de estribillo
sobre el más-uno: el más-uno como función
ternaria, como función simbólica idealizada
a nivel del grupo. El hecho de exponer el más-uno de
esta manera, esta idealización, alimenta las reticencias
absolutamente manifiestas de los participantes, en este debate,
a que esta función sea encarnada, como si esta función
excediera totalmente a una persona concreta, que valdría
más que no se encarnase. Encarnarla - se ve muy bien
este temor- sería arriesgar a desviarse en prácticas
de amos o de pseudo-análisis. Numerosas participantes
en este debate estaban de acuerdo, sea para hacer del más-uno
una especie de tercero ausente que orientaría los discursos
de los cartelizantes, sea para hacer de el un tercero encarnado
alternativamente por los diferentes miembros -rotaría,
porque esta función de más-uno tomaría
distintas figuras como Lacan, el controlador, la clínica,
la Escuela, la escritura, La mujer, la metáfora. En
esta manera de considerar las cosas sobremanera sorda a lo
que Lacan iba repitiendo, a saber, que el más-uno debe
ser alguien, una persona, no una ausencia sino una presencia-
la cuestión de la práctica del más-uno
era resuelta de forma radical, nada de más-uno aislable
como tal, entonces, nada de práctica, si se la entiende
aquí en el sentido de una acción regulada, estructurada,
dependiente de un sujeto. Por contra, cada sujeto del cartel
se supone que mantiene una relación con una o dos figuras
de más-uno a título de una función de
dirección.
Al menos, en este debate del 75, hay igualmente una pequeña
minoría de intervinientes que aceptan la idea de un
más-uno encarnado, designado, pero siempre en esta
misma óptica del tercero, de una dirección,
de otro referencial. ¿Adquiere el más-uno, por
tanto, el atributo de una práctica? -¡En absoluto!
Decimos que su presencia deviene simplemente práctica,
cómoda, en el sentido de que, el hecho de que esté
ahí, haría más manifiesto en el espíritu
de la gente la función de tercero, de eso a quien ellos
están llamados a recurrir. Este más-uno permitiría
mantener la búsqueda de los participantes superando
los obstáculos del blablabla y, más, generalmente,
los de los efectos de grupo. Es en relación a estos
efectos de grupo que estos participantes piden al más-uno
no "añadir nada", es decir, estar tranquilo.
Entonces, una práctica de más-uno que sería
de tranquilidad.
Lo que nosotros teníamos en este debate, más
allá de las variantes que acabamos de resumir, es,
a propósito del grupo, una reasunción, una aplicación
coherente, pero parcial y totalmente originada en la enseñanza
de Lacan. Claramente: al ser una forma social, al alimentar
de manera relevante lo imaginario, al poder hacer los deslizamientos
de obstáculo a la elaboración esperada de un
trabajo en común en nombre del psicoanálisis,
recurrimos entonces a la ayuda de la función simbólica,
tal como nos la muestra el esquema L. Lacan interroga a la
gente diciendo: para Ud., el cartel, el más-uno, ¿qué
es en función de mi enseñanza? Y bien, en el
75, la gente responde: lo del 53, el esquema L. Lo que se
espera es la oscilación del eje A---S conocido como
antídoto a la intersubjetividad grupal representada
por el eje a---a'. Se puede decir que sobre este eje a---a',
la llamada intersubjetividad ocasionaría en relación
al sujeto del grupo, el grupo mismo, lo que universalizaría,
a estos sujetos en un fantasma común. Por el contrario,
al mantener al gran Otro como fiador subjetivo, habría
una posibilidad para cada sujeto de que le vuelva, en eco
desde su trabajo, la particularidad de los significantes que
le representan ante el otro significante, el de la dirección,
es decir, el significante que connota para dicho sujeto su
relación al campo freudiano.
Este esquema no está infundado: ofrece, de igual modo,
una buena lectura de estos momentos del cartel que se traducen
para tal o cual en una subjetivación nueva del problema,
del saber que interroga. Así una cartelizante enuncia,
a propósito de las condiciones de la transferencia
de trabajo que constituía su tema,: "He encontrado
otra formulación a mi pregunta". He ahí
una puesta en juego de la cadena significante en el trabajo
que se hace en el cartel, que le permite subjetivar de otra
manera lo que le interroga. Esta perspectiva que leo del esquema
L, también podría resumirse con el eslogan:
"¡Metaforicemos, metaforicemos!". Lo estraordinario
aquí es ver que, veinte años despúes
de su invención, el esquema L quedaba como la referencia
mayor.
Esta posición, eje en la producción de significantes
para cada sujeto en el cartel, surge de una "promoción
de la histerización", del discurso histérico.
Lo que nos permite coger su lado bueno y su lado malo en materia
de cartel. Su lado bueno es su orientación hacia el
discurso freudiano como gran Otro, como tercero del grupo;
allí donde los efectos de grupo inducen a los sujetos
a instalar, en posición dominante en su discurso, algunos
significantes -amos o algún saber dominante, la histerización,
esto es su lado destituyente, hace obstáculo a esta
instalación en posición dominante en un discurso,
sea del significante-amo o sea del saber. Sin embargo, esta
vertiente destituyente de los amos y de los petimetres, si
no se prolonga en el discurso analítico, esto es, a
fuerza y a medida de destituciones, es una vertiente de preservación
del ideal, de idealización frenética; la operación
de la histérica, en relación al amo, es destituirlo
para salvaguardar su ideal de amo de una marca. Es ahí
que se presenta el lado malo de las cosas desde que esta idealización
se tomó del grupo como tal, cuando éste hace
función de A y, por otra parte, correlativamente, sus
propios efectos de funcionamiento instalan en este grupo un
fantasma colectivo, una colectivización de sujetos
por el fantasma. Aunque la histerización, en el grupo,
produce esta coalescencia entre un ideal y un fantasma colectivo,
Freud lo mostró, se tiene una tendencia de la sugestión
hasta la hipnosis. Es este lado malo de las cosas el que hace,
para los apoderados del sujeto que son los psicosociólogos,
de resorte de su práctica de grupo, como ellos dicen.
La cuestión que se trata ahora es saber qué
decide la orientación de la histerización -lo
que sometemos a nuestra interrogación- de partida sobre
la práctica del más-uno. Se puede ya subrayar
que una promoción demasiado ingenua de la histerización,
de la metáfora también, es el correlato de esta
idea de que la función del más-uno se basta
simplemente con una presencia encarnada en una dirección,
hasta se basta con una presencia muda, neutra. Esta creencia
tiene su equivalente en el campo del psicoanálisis
en intensión, cuando se hace de la transferencia un
puro artefacto, automático, de acrecentamiento, cuando
se hace del setting analítico, lo que causa la transferencia.
Hay una versión más reciente de este más-uno:
si el más-uno está encarnado como tal, entonces,
que sea bien homogéneo al grupo, que no se sienta autorizado
a hacer otra cosa que lo que cada miembro hace en el cartel.
De hecho, esta aproximación es una tesis sobre la no-práctica
específica del más-uno, y se acompaña
a veces de argumentaciones a tomar en consideración.
La más corriente consiste en hacer remarcar que si
sólo hay práctica de discurso, entonces está
claro que el más-uno no está en un discurso
particular: ni analizante, ni analista, ni auniversitario,
ni amo. Sea. Esta objeción parte, cuando menos, de
esta suposición contraria a la enseñanza de
Lacan de que un sujeto puede situarse en tal o cual discurso
hasta confundirse. De hecho, toda práctica se define,
contrariamente a la ética, no como la esperada de un
discurso sino como la forma en que un sujeto está prendido
en la circulación de los discursos, incluso interviene
en esta circulación. Entonces, la cuestión de
la práctica discursiva del más-uno queda íntegra.
Otra argumentación parte de la inquietud de que el
más-uno sólo es más-uno por el hecho
de que ocupa ese lugar, para y por los otros cuatro, elección
que implicaría una nominación para lo esencial.
Precisamente el efecto de esta nominación no estaría
tanto a nivel de la práctica de la persona de quien
es el objeto como a nivel del grupo mismo, que comportaría
desde entonces un elemento heterogéneo, no incluido
en la cuenta del grupo, lo que, por otra parte, indica el
matema del cartel: X+1. Es bastante poco contestable que el
simple hecho de elegir un más-uno, con lo que eso implica
en el registro de la demanda, introduce un obstáculo
en la homogeneización del grupo; precisemos, un obstáculo
en el plano de lo simbólico, lo mismo que en el plano
de lo imaginario el más-uno testimonia de que un efecto
de pega ha soldado a los cuatro sujetos particulares, traduciéndose
el efecto de pega en que se ponen de acuerdo sobre un nombre
al que van a hacer esta demanda. Este razonamiento desemboca
en esto: el más-uno, en tanto que alguien está
subvertido por la nominación y, en cierta manera, es
a pesar de él que hace obstáculo al Uno del
grupo; se podría hablar más de efecto de más-uno,
que de práctica de más-uno. Homogéneo
a los otros sujetos en cuanto a lo que habría de hacer,
el más-uno sería heterógeneo en cuanto
a una función simbólica. Es apreciable que nos
encontremos en esta argumentación algo del idealismo
evocado anteriormente: por una especie de automaton intrínseco
a un dispositivo globalmente simbólico en el que el
más-uno se distinguiría por su nominación,
tendría la oportunidad de poner en jaque lo imaginario
grupal, de poner en jaque lo que en todo grupo tiende a asignar
a los sujetos una residencia en un discurso, a detener la
circulación de los discursos.
De todo esto podemos sacar una conclusión parcial bajo
la forma de una pregunta: ¿Por qué ha habido,
y sin duda hay aún, a veces, tal insistencia en evacuar
la idea de una práctica correlativa a la función
de más-uno? Esta insistencia nos interroga tanto más
ya que los enuciados de Lacan no van en este sentido. Remitámonos
a la formulaciones del 64 o del 80, y constataremos que Lacan
asigna siempre una carga específica al más-uno,
carga que se encuentra rectificada, por otra parte, de la
primera formulación a la segunda. Es probable que esta
insistencia, este rechazo de la idea de la práctica
del más-uno, sea a cuenta de una denegación,
concerniente a lo que Lacan llama: "esta necesidad que
se cristaliza por el funcionamiento de todo grupo", esta
denegación podría leerse: "el cartel no
debe ser un grupo, o "¡nada de leaderss-hip aquí!".
Este es el tipo de formulación que se encuentra en
el famoso debate del 75; uno de los participantes, bien, conocido
por ser de los que habían introducido un madarinato
autoritario en la exEFP, declaraba así al principio
del juego: "Todo mandatario y toda dirección en
el sentido de una actitud magistral de uno de los elementos
del cartel es excluído desde el principio". Este
es un sortilegio al que no le falta sal del comunicado de
esta persona, pero que denota una inquietud y una resistencia:
ligada, ésta, al pensamiento de que el más-uno
pueda ocupar el lugar tradicionalmente ocupado por el líder.
Otro participante en este debate, en función de esta
misma inquietud, llegó incluso hasta justificar el
hecho de que el lugar del más-uno sea dejado vacío
porque: "mientras esté encarnado, siempre da un
líder". Más recientemente, alguien decía
aún: "el más-uno se sitúa en lo
opuesto a todo mandatario imaginario". Este tipo de denegación
bien intencionada desemboca en la evitación de los
problemas que supone la práctica del más-uno,
y desemboca en el rechazo ilusorio de toda intervención
a título de más-uno, hasta en un ir a la contra
del más-uno, como pudiendo hacer obstáculo en
la pendiente del "leadership".
Tal no es, mi opinión, la orientación de la
operación que Lacan nos sugiere con su invención
del cartel. Lejos de ponerla a cuenta de una denegación,
nos es preciso, sobre todo aquí preguntarnos porqué
Lacan retomó el dispositivo del grupo, del grupo restringido,
para hacer una herramienta privilegiada del trabajo en común
de los analistas y el órgano de base de su Escuela.
Esta pregunta merece que se resuelva, porque Lacan, no sólo
fue uno de los primeros en Francia en hacer referencia a los
trabajos de la psicosociología de los grupos - basta
con referirse a su artículo de 1947 sobre la psiquiatría
inglesa- pero además, muchos pasajes de su obra escrita,
en los Escritos, muestran que sabía a que atenerse
respecto al grupo pequeño. Perfectamente había
captado que el grupo pequeño es, sobre todo, un dispositivo
social al servicio del discurso del amo.
Esto es algo cuyo momento de emergencia es perfectamente localizable
históricamente: al final de los años 20, principio
de los 30, en los Estados Unidos. Es el período durante
el cual, esta forma purificada del discurso universitario
que es la OCT (Organización Científica del Trabajo,
resultante del delirio tayloriano), encontró problemas
que amenazan sus bases: mientras que había salido airosa,
en un momento dado a principios de siglo, tanto en materia
de productividad y de recuperación de plusvalía
como en materia de restitución, al esclavo moderno,
de un cierto goce, al precio de una homogeneización
y de una estandarización de este goce, esta OCT se
apoyó en lo que volvía a poner en cuestión
esta restitución de goce al esclavo. Hay un obstáculo
que reanimó el lugar de la confiscación de goce,
precisamente, bajo la forma de la crisis del 29, crisis financiera,
es cierto, pero que evolucionó en crisis social, después
en crisis extremadamente grave que afectó las fuerzas
productivas, al principio poniendo a los parados en la picota
-entonces, turbación del goce-, a continuación
sembrando el desorden en los talleres: la productividad cae,
pues, vertiginosamente. Es ahí donde la lógica
del discurso del amo entró en acción, es decir,
que se supuso un saber al esclavo, para enderezar la barra,
un saber cuya extracción permitirá, de vuelta,
regular el desorden de su goce.
La psicosociología ha nacido, bajo la denominación
de human relations, y el grupo pequeño, que es su vástago
favorito, es precisamente el que devuelve al trabajo el saber
del esclavo moderno. Lo mismo se encontró al principio
de este movimiento del que Lacan hizo el soporte de la transferencia
del saber del esclavo en el discurso del amo en saber de amo
en el discurso universitario (en juego tanto en la burocracia
como en la organización del trabajo): quiero hablar
aquí del filósofo en la persona de Elton Mayo
que estaba en la primera formación.
Lo que es del todo patente, a nivel del grupo pequeño,
es que el líder es la encarnación del amo.
Bajo este título no se puede impedir hacer la aproximación
entre las características de la versión idealizada
del líder, el líder democrático, y la
versión idealizada del yo en el psicoanálisis,
lo que se llama autonomus ego, que también es, por
otra el yo fuerte; se encuentra el mismo perfil del sujeto
en la versión del yo según la psicología
del mismo nombre y en la del líder democrático
según la psicosociología. Es ahí que
Lacan apuntó en el psicoanálisis, a propósito
del yo fuerte, el retorno del discurso amo. He ahí
el nivel en el que nos es preciso situar lo imaginario grupal,
del lado de los efectos del discurso del amo, en el que, como
lo dijo Lacan en Radiofonía: "es el plus-de-gozar
que sólo satisface al sujeto para sostener la realidad:
únicamente del fantasma". Ahí se mide la
especial impotencia del amo y, por lo tanto, del grupo, en
su relación a la verdad. Esta impotencia se invierte
a nivel del yo como del líder, en una afinidad particular
por el poder como por el desconocimiento.
Máquina yoica, el grupo pues, es también una
máquina de producir un atollamiento discursivo en el
maestrazgo, el cual pasa por lo que dije anteriormente por
una colectivización de los sujetos en un fantasma común.
Tocamos, aquí, por un sesgo, que el cartel, en tanto
que grupo, tiene una vertiente de incompatibilidad con el
discurso psicoanalítico, verificado en el hecho de
que el discurso psicoanalítico implica un lazo social
fuera de grupo. Pero esto no es suficiente para aclararnos
sobre el interés del cartel.
Este interés podemos deducirlo por otro alumbramiento
que nos da Lacan en medio de la página 31 de "El
Atolondradicho", sobre la relación del psicoanalista
con el grupo. Esta relación puede leerse a partir de
las consecuencias que se pueden sacar en cuanto a la subjetividad
del analista, del lugar en el que su acto toma su valor psicoanalítico.
Este lugar es el del semblante, en el que soporta la función
del objeto a, el mismo objeto que en su propio análisis
sólo encontro en su "cuerpo de defensa".
Mediante el que, en este lugar al que le llama su ética,
su acto, el analista se encuentra en una posición de
aversión, o de horror. Añadiría que,
este lugar, es también una posición de soledad,
radical, en tanto que ahí ningún significante
puede representarle como sujeto en una cadena. Por consiguiente,
se puede entender que haya una pendiente que atraiga al analista
hacia el grupo. Es una pendiente que le permite invertir la
incomodidad de la aversión y de la soledad en confort,
el confort del grupo. ¿Por qué este confort?
Porque en su vertiente de histerización, el grupo ofrece
una cura de significantes, allí mismo donde había
un imposible de representar.Segunda vertiente del confort,
es la vertiente del maestrazgo; el grupo ofrece la mejor acomodación
del objeto imposible de soportar - y mucho mejor que en el
discurso histérico- como lo indica la equivalencia
hecha por Lacan entre el discurso del amo y el discurso del
inconsiente. Esta mejor acomodación, puesta en común
en un fantasma colectivo, es el hormigón del grupo
así como su obscenidad. Es, dicho de otra manera, en
el punto en que el grupo se funda sobre un real desconocido,
un real tal que le asiste el discurso del amo. En cuanto al
efecto de grupo, es esta aspiración hacia la inversión
del real en imginario.
Cuando Lacan inventa el cartel, justo en la huella de su objeto
a, y en plena inflación de las prácticas de
grupo, tiene que plantearse algunas cuestiones. No es una
denegación, el cartel no es un anti-grupo, o un no-grupo,
o un grupo transparente a sí mismo; el más-uno
no es una negación del líder, un anti-líder.
La operación de Lacan es un giro de perspectiva. Que
se la considere en la forma en que Lacan estableció
el discurso psicoanalítico: lo estableció a
partir del discurso del amo, por inversión. Lacan hace
un uso del significante, de significantes nuevos, tales que
estos significantes revelan lo que ocultan en su forma, a
saber, que hay una consubstancialidad entre lo real y lo imaginario,
una continuidad olvidada demasiado a menudo, lo que hace que
partiendo del segundo se puede, en determinadas circunstancias,
llegar al primero. En este sentido, el cartel me parece ser
un dispositivo por el cual se puso no solamente un obstáculo
en la pendiente de los analistas a confortarse en el grupo,
a ocultar lo real del grupo que lo instaura por lo imaginario,
sino que también está llamado a ser un dispositivo
incitador en el que el analista sería provocado a interrogarse
sobre lo que de lo imaginario grupal se instituye necesariamente
en un real.
Si no hay medio de escapar a "esta necesidad que se cristaliza
por el funcionamiento de todo grupo", hay un medio para
dar cuenta de lo que crea esta necesidad. Este medio, no es
destituir simplemente al grupo, a sus miembros, que tienen
una dirección en el sentido simbólico del término.
Este medio, es el de instalar un significante nuevo, de producir
un significante nuevo, como se produce el hierro, sobre el
punto de mayor densidad imaginaria, en tanto que también
hace signo de un real. Concretamente, a nivel del grupo, este
punto de mayor densidad imaginaria, de enviscamiento extremo
de los sujetos, esto es, como ya lo había notado Freud,
el nudo identificativo del líder y el real del que
hace signo, es lo que Lacan llama "lo imposible de disolver
de todo grupo". En cuanto al significante nuevo que Lacan
instala en este punto, el significante más-uno, hace
agujero, hace incisión en lo imaginario de tal forma
que permite, precisamente, captar dónde puede operar
la vuelta de lo imaginario en real. Precisemos: lo permite
porqué no está en el campo del saber, no importa
qué significante sino, al contrario, un significante
cogido en la red de significantes de la enseñanza de
Lacan, como él mismo lo precisa en 1975. El más-uno
reenvía a la que Lacan elaboró al principio
en términos de ciframiento, a continuación en
términos de nudo borromeo -es decir, que el significante,
utilizado, pues, en este punto en el que se instala el líder,
tiene, de golpe, un efecto interpretativo, un efecto de saber.
Correlativamente, la introducción así circunscrita
de este significante nos da un hito para una práctica
de más-uno: ésta no ha de simular operar a partir
de una posición que no sería la de leaders-hip;
al contrario, ha de asumirla, a partir de ella para intentar,
en determinados momentos, leer los efectos de los que ella
es el producto y, por consiguiente, limitar estos efectos.
No simular operar a partir de una posición que no sería
la de un líder, es algo perfectamente de acuerdo con
el estatuto que Lacan atribuye al más-uno en 1964.
Este estatuto implica una práctica, cito,"de selección,
de discusión, y del fin a reservar al trabajo de cada
uno", son algunas de las características principales
del perfil del líder democrático tal como lo
han dibujado Lippit y White, así como Maier. El más-uno,
si no se confunde con el efecto líder, funciona entretanto.Pero,
siempre en 1964, Lacan ya introduce correctores para que la
experiencia sea, precisamente, enseñante: designado
a partir del carbón en bruto, el más-uno se
convertirá despúes del momento de concluir,
nada lo asegura en esta experiencia de más-uno, durante
y después de este cartel, en una presencia de su participación
en otros carteles. Esta es, en el fondo, la traducción
del principio de equivalencia entre los cartelizantes ante
el discurso psicoanalítico. Y lo que aquí es
enseñante, es justamente, la imposición de un
momento de concluir, de una duración regulada del cartel,
de lo que esta imposición implica, por una parte, menos
una experiencia eternizada, como en la exEFP, que una experienciade
ducida de la serie, y por otra parte , un efecto de anticipación
provechoso en el progreso del trabajo.
Se puede pensar, evidentemente, que estos límites a
la consolidación del grupo pueden, muy bien, ser eficientes
sin que el más-uno intervenga en lo que sea. Esto es
desconocer hasta qué punto los efectos de grupo son
susceptibles de introducir una a-temporalidad en su funcionamiento,
un ritmo perfectamente olvidadizo de la tarea a realizar.
El juego de la anticipación del momento de concluir
es aquí un punto esencial para la elaboración
de las intervenciones del más-uno, para su práctica.
Dicho esto, es con la formalización afinada de los
carteles, dada en 1980, y sacando partido del fracaso de la
EFP en la materia, que Lacan, verdaderamente, dio su orientación
específica a la práctica del más-uno.
Lo hace no aportando, como en 1964, algunos correctores concernientes
al grupo como tal, sino aportando una rectificación
apreciable, una nueva acentuación referente a lo que
incluso ha llamado la carga del más-uno. Esta última
está, en efecto, claramente centrada en el funcionamiento,
en la vida del cartel en tanto que se distingue de la organización
y de la producción. "Velar por los efectos internos
a la empresa y provocar su elaboración" dice Lacan,
lo que se pone en relación con el último punto
de la formalización afinada, el de la "puesta
a cielo abierto de los resultados así como de las crisis
de trabajo".
Este afinamiento, esta acentuación, nos dan hitos preciosos
para la práctica del más-uno, hitos que, me
parece circunscriben una operación de discurso.
Tomemos ya esta puesta a ciela abierto. Es mucho más
que esa dirección de la que hemos hablado más
arriba, que permanecía totalmente en el registro privado.
La puesta a cielo abierto es el pase de lo privado del grupo
a lo público, es decir, la puesta en escena, ni más
ni menos, de una función de control en cuanto a lo
que ha operado en el grupo, en cuanto a sus efectos de colectivización
y a sus efectos de discurso. Para situar las cosas de otra
manera, podríamos decir que la intimidad del grupo
es lo que lo aleja del discurso como lazo social; la puesta
a cielo abierto es lo que lo vuelve, al instituir un Otro,
no más artificial sino en efecto, susceptible de retornar
a los sujetos sus mensajes.
Que esta puesta a cielo abierto pueda ser una de las incitaciones
del más-uno, tiene algo de evidente. Esto es, en cierta
forma, el tiempo segundo de otro hito que es el que resume
la fórmula provocar la elaboración. ¿
Qué es eso sino una operación interna al cartel
que apunta a una Durcharbeitung, la cual, se sabe, no va sin
un cierto exceso? Es, por otra parte, lo que indica el término
provocar que connota este llamado singular al sujeto cuyo
efecto es el de incitarlo -como se dice- a salir de sí
mismo (etimológicamente provocar remite a llamar desde
afuera). En el marco presente, el del cartel, provocar indica
que lo que se espera del más-uno es alguna iniciativa,
alguna luz de su parte, que permitiría, restaurando
auténticamente la función del Otro, restaurar
el discurso; este movimiento es también el de un cambio
de discurso, cambio del que Lacan nos precisa que no es, justamente,
una operación continua sino una precipitación
en un movimiento de báscula.
En el fondo, si el efecto líder es agradable y la garantía
de una concentración del discurso en una sola de sus
modalidades, hasta lo que impele a su extinción en
el blablabla, el más-uno tendría por encargo
deshacer esta garantía. Dicho de otro modo, si el trabajo
en grupo excluye el discurso psicoanalítico como tal,
es sustentable pensar que el cartel, que el más-uno
y su provocación, podrían restablecerlo a título
de un efecto de cambio de discurso; y en la medida en que
este efecto es correlativo a la emergencia del objeto, tenemos
ahí una posibilidad nueva: la de la interrogación,
la del acercamiento, del real en causa en el grupo. En cierta
medida, como conclusión, podríamos retomar para
el más-uno esta función que Lacan atribuía
al cartel en relación a la Escuela: una función
de gozne.
NOTAS
1. Un relato detallado de este debate figura en las Lettres
de la EFP nº18.
*Conferencia publicada en Travaux nº3, 1988 - Traducción:
Juan Enrique Cardona
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