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"Entrada
en la Escuela"
Gustavo Dessal
Pese
a lo que pueda sugerir el título, yo no voy a comentar
el problema de la entrada en la Escuela desde el punto de
vista práctico, es decir desde el punto de vista de
un dispositivo, que seguramente, tendrá que existir,
un dispositivo de recepción, de escucha y de remisión
de las demandas que se dirigen a una Escuela. Y no lo voy
a hacer por una razón muy sencilla: en primer lugar,
desconozco por completo este aspecto de la entrada en la Escuela
y, además, me he encargado de hacer una pequeña
investigación sobre esto, y descubrí, para mi
sorpresa, que en la Escuela de la Causa no se ha elaborado
nada, todavía, sobre este problema. Al parecer, es
en estos últimos tiempos que se está empezando
a proponer o a sugerir la necesidad de una elaboración.
Por lo tanto, no podemos contar, hasta el presente, con una
conclusión sobre este problema de la entrada en la
Escuela, una conclusión que podría servirnos
como punto de referencia. Entonces me voy a limitar a comentar,
simplemente, algunas cuestiones conceptuales, que, en lo que
hace específicamente al tema de la Escuela, por supuesto
son cuestiones que no están sostenidas por ninguna
experiencia personal.
El término "entrada a una Escuela" supone,
a mi parecer, y al igual que sucede cuando nos referimos a
un análisis, algo más que abrir una puerta y
atravesar una serie de requisitos y procedimientos formales.
La demanda de adhesión puede alcanzar su destino y
verse reconocida en alguna de las nominaciones que certifican
la pertenencia a la Escuela, pero querría entender
que esas marcas simbólicas no agotan un problema crucial,
que es el de la posición del sujeto en relación
a su entrada.
Durante un largo tiempo, y por circunstancias variadas, la
entrada a la Escuela ha sido imaginada por todos nosotros
a partir del modelo de la retroactividad, es decir como un
significado del Otro, para usar los términos clásicos
de Lacan, como una significación proveniente de la
autoridad del Otro. Que esa autoridad se concibiese más
o menos oscura, no fue seguramente algo que tan sólo
se debiera al gusto de cada cual, pero el hecho es que se
adoptaron posiciones diversas, en una cierta prisa por concluir.
Más recientemente, el cambio de perspectiva que introduce
el anuncio de una entrada menos restringida, desplaza el acento
hacia un registro del grafo que, hasta ahora, quedaba un tanto
encubierto por el recorte de la censura: que el sujeto recibe
su propio mensaje en forma invertida. Esto nos reenvía
al piso de la enunciación, lo que también puede
decirse con otras palabras: al lugar donde el sujeto se hace
responsable de su entrada, de lo cual no se deduce que dicha
entrada recaiga exclusivamente de su lado.
Nosotros sabemos qué significa esto cuando lo que está
en juego es la entrada en un análisis. Es algo que
puede formularse de muchas maneras, pero un modo simple de
enunciarlo es diciendo que una demanda debe refrendarse en
una decisión.
Esperamos, más allá del pedido que se emite,
un signo del asentimiento subjetivo, y a eso lo llamamos transferencia
positiva, en el lenguaje de Freud, o puesta en marcha del
sujeto supuesto saber, en la terminología de Lacan.
Pero cuando se trata de la entrada a una Escuela, al menos
para mí, ya no es tan sencillo reconstruir la lógica
del proceso. El esquema de la entrada en análisis no
se puede trasladar de modo isomórfico al de una Escuela,
aunque me inclino a suponer la subsistencia del elemento "responsabilidad",
por lo siguiente. Porque en el segundo párrafo del
Acta de Fundación del '64, Lacan habla del deber que
al Psicanálisis le toca en nuestro mundo, y toda su
propuesta se cierra con la expresión que acaba de mencionar
Mercedes: "trabajadores decididos", sobre cuya paradoja
nos ha llamado la atención Germán García
en una conferencia reciente en este mismo lugar. Es decir
que el plan lacaniano de 1964 está claramente enmarcado
por una dimensión ética que el término
"responsabilidad" tiene la ventaja de anudar firmemente
a un problema clínico, que es : ¿Cúal
es el deber del Psicoanálisis en nuestro mundo?".
Y no es, creo yo, una pregunta sencilla, porque no podríamos
conformarnos con responder que el Psicoanálisis es
lo que acoge al ser que padece del significante.
El 3 de junio de 1970, Lacan se dirige a los estudiantes,
que sin duda constituyen un grupo, advirtiéndoles que
más les valdría ser analistas. A mí,
durante bastante tiempo, me costó entender esta proposición
de Lacan, porque al principio me interrogaba si eso significaba,
por su parte, una invitación a que todo el mundo se
hiciera psicoanalista.
Me llevó tiempo deducir, creo hoy, que en realidad
se trataba, más bien, de insistir, a quien lo pudiera
escuchar en ese momento, sobre la única función
que en verdad- dice Lacan- merece el título de revolución
con respecto al Discurso del Amo, la de abordar más
de cerca la imposibilidad, lo real que habita el corazón
del lazo social.
Lacan, en este Acto de Fundación, dice: " Se adhiere
a la Escuela a través del órgano de base, denominado
Cartel". Entonces, en este sentido- y ruego que se atienda
a esta distinción-, se puede afirmar, con todo rigor
y sin inconveniente, que la Escuela, efectivamente, no es
un grupo. Porque en el fondo, ella misma no es más
que un dispositivo que organiza el asentimiento de los psicoanalistas
a formar parte de pequeñas estructuras sociales, llamadas
carteles, y que encierran una paradoja: ellas sí constituyen
grupos, que toman como referencia al Discurso analítico.
En realidad es una paradoja aparente, porque el Psicoanálisis
no podría desentenderse de aquello mismo de lo cual
es responsable, es decir, de una clínica del lazo social.
Se puede apreciar, entonces, cuál es la maniobra de
Lacan: cómo clinicar al grupo analítico para
acomodarlo al deber del psicoanálisis en el mundo,
que es discernir lo real del lazo social. El 15 de abril de
1975, Lacan explicita: "Mediante al Cartel, cuya lógica
debe conducir a la identificación al grupo". En
este momento Lacan ya no habla de lazo social, sido de nudo
social, y lejos de pretender la homogeneidad de una psicología
de masas en miniatura, Lacan declara rápidamente que
esa identificación constituye un anhelo, lo que indica
que no se trata de la orientación natural del sujeto
a la insignia del grupo. Una clave, para mí al menos,
de lectura es que cada vez que Lacan formula un anhelo, es
seguro que habla a la resistencia del psicoanalista, es decir,
es decir es seguro que habla de algo que no estamos dispuestos
a hacer muy fácilmente. Y agrega, en ese Seminario:
"No digo con ello a qué punto del grupo tienen
que identificarse". Entonces, mi pregunta es: ¿Cuál
es ese punto?. ¿Cómo es posible que un discurso
que desalienta el movimiento a la identificación, deba
organizar su proceder institucional en base a una lógica
que reclama, a su vez, una identificación?. Está
claro que en un caso y en otro Lacan no piensa en la misma
identificación, pero no es fácil advertir de
inmediato la diferencia, y menos aún ponerla en práctica.
Es aquí donde se introduce el problema del más-uno
y su distinción con el líder. Mientras éste
último encarna el signo que obtura la ausencia de relación
sexual, el primero, el más-uno, indica el lugar del
significante en tanto que hace agujero, el agujero por el
que la prohibición del goce afecta al ser que habla.
La noción del más-uno correspondería
al interrogante de cuál es el matema de la identificación
que permitiría abordar lo real del nudo social.
Mi intención hoy no es hablar del cartel específicamente,
sino, indicar, simplemente, la noción de más-uno
como vehículo de una clínica de lo real del
grupo analítico, para terminar formulando esta pregunta:
¿La entrada a una lógica de Escuela, podría
enunciarse como el deseo de acudir a ese modo de identificación
que no hablaría en nombre de una comunidad?.
Sugiero, entonces, un cuadrilátero: Deseo del Analista,
Diferencia Absoluta, Pase e Identificación que, falta
de un nombre específico, propongo "carteliana".
Publicado
en el Documento de Trabajo para el Coloquio Uno por Uno sobre
"La Escuela por venir", Madrid, noviembre de 1990
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