EL ESTRAGO DE UNA MADRE EN SU EXIGENCIA DE AMOR ABSOLUTO: MADAME DE SEVIGNE. Todas las palabras eran para su hija

Una referencia de Lacan del siglo XVII no deja de tener actualidad, nos enseña sobre las dos modalidades de goce de una mujer y cómo intenta arreglárselas con esa exigencia de amor absoluto de Madame de Sevigné hacia su hija Madame de Grignan, a quien llaman: la chica más bella de Francia.

Madame De Sevigné, hermosa e inteligente viuda de 25 años quiere estar ahí en donde está el placer, en los salones literarios, en la corte de Luis XIV. Se fascina con la belleza de su hija adolescente. Pero esta joven discreta y tímida se ofusca de las maneras de su madre. Mme. De Sevigné se apasiona entonces ante este único ser que se le resiste, pues todos se rendían a sus encantos. Según relatan los biógrafos, la relación estragante que se entablaba entre estas dos mujeres movilizaba a su entorno para que se separasen y aliviaran la mutua destrucción. La separación se efectuó de hecho cuando su hija se vio obligada a vivir en la Provincia debido a su casamiento. Se produjo entonces una desgarradura difícil de soportar. Para consolarse Mme. de Sevigné escribe a su hija hasta 30 páginas diarias. Así la imposible separación que aparecía en el estrago queda sublimada en un amor idealizado.

Vemos el goce fálico por un lado, manifestado en un goce conversador, ubicado no solamente en la escritura de las cartas, sino también en el intento de dominio y control de su hija que encarna su ideal de belleza y feminidad. Mme de Sévigné quería impedir a todo precio que su hija quede embarazada para evitar la deformación del cuerpo y la consecuente pérdida de la belleza, además del posible riesgo de muerte, entonces ejerce una intromisión sin límite en la relación matrimonial de su hija manifestando una preocupación exagerada a propósito de su salud. En realidad, ambas, madre e hija, temen presenciar la enfermedad o muerte de la otra, la sola idea se les hace insoportable.

Por otro lado, podemos ubicar el goce suplementario ahí en donde alude a estados que la sobrepasan, a alegrías inconmensurables, emociones imposibles de poner en palabras, la culpabilidad experimentada por amar a Marie Françoise de Grignan más que a Dios, o amarla con un tipo de amor y pasión que debería ser dirigido sólo a Dios. Es este goce desbordante, suplementario, que la sobrepasa y que se pone en juego en el estrago que es esta madre para su hija.

Señalemos que a Mme de Sévigné no le gustaba escribir cartas, sólo quería escribirle a su hija. La operación de escritura restituye una conversación con su hija, como si la tuviera enfrente «…aquí me veo, con el gozo de mi corazón, sola en mi habitación escribiéndole pasiblemente, nada me es más agradable que este estado». Este intercambio es lo que ella más anhela: «[vuestras cartas] Son necesarias a mi vida: no es una manera de hablar; es una gran verdad».

Mme de Sévigné era conocida en los salones por sus dotes excepcionales para la conversación y por sus hallazgos verbales, inventaba palabras, expresiones, formas de decir, por eso sus cartas daban la impresión de la palabra atrapada en lo vivo del decir, y su escritura no debe nada a la tradición literaria epistolar, ella inaugura un nuevo estilo.

Es una mujer inteligente que llega a producir una obra íntima, improvisada e involuntaria ya que nunca buscó el reconocimiento social como escritora, su reconocimiento vino 25 años después a partir de la publicación que hace su nieta de las cartas. Al «conversar» con su hija la pone al tanto de todo lo que sucede en la corte pero además pretende agradarle, entretenerla y divertirla. Utiliza el arte de la conversación de la época, juguetona y divertida, influenciada por las Preciosas y por las formulaciones religiosas poniendo a su hija en el centro de su religión.

A los 70 años, Mme. de Sévigné enferma gravemente durante una estadía con su hija. Considera entonces que la mejor ofrenda que puede hacerle a Dios, para acercarse totalmente a Él, es desprenderse absolutamente de lo que más ama, su hija. Resuelve prohibir que ella entre en sus habitaciones hasta que muera y no la recibe más. A los pocos días muere.

Lacan dice que lo que no se puede decir bajo la forma de la palabra se escribe teniendo en cuenta la disyunción entre la palabra y la escritura, lo que implica puntos de silencio. El silencio en las mujeres es índice del goce suplementario, femenino.

A Mme de Sévigné no le interesaba la maternidad, ni la fecundidad, ni el maternaje. Se decía que no había sido una buena madre, no se ocupaba de sus hijos, lo que por otro lado era común en esa época para alguien de su rango social. Tampoco tenía un gusto por el encuentro sexual con los hombres «…toda su pasión estaba en el fuego de las palabras cuando hablaba con ellas.»

Es lo que lleva a Lacan a decir que son «las más bellas cartas de amor de la homosexualidad femenina», y que, «el ser sexuado de esas mujeres no﷓todas no pasa por el cuerpo sino por lo que se desprende de una exigencia lógica en la palabra».