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Introducción
Este artículo de Jacques-Alain Miller fue publicado en el
Diario Le Monde,el 30 de octubre de 2003.
De
la utilidad social de la escucha"
Por Jacques-Alain Miller
Diario Le Monde, octubre 30
La
práctica de las psicoterapias ha pasado a ejercerse a gran
escala desde hace ya medio siglo. Ha progresado sin estar de ninguna
manera organizada por el Estado. Hasta ahora, no ha producido ningún
desastre que sea comparable con el de la canícula (1). Con
ocasión de los Estados Generales de la Psiquiatría,
en Junio (Le Monde del 6 de junio), se pudo constatar que desde
que se le da una oportunidad, la demanda de psicoterapia se manifiesta
masivamente en Francia.
Y he aquí que el 14 de octubre, al final de la jornada, la
Asamblea [Nacional de Francia] vota por unanimidad, izquierda y
derecha confundidas, una enmienda que confiere al ministro de Sanidad
el poder de fijar por decreto las diferentes categorías de
psicoterapia y las condiciones del ejercicio profesional. En ausencia
de cualquier debate público sobre la cuestión, no
es seguro que la representación nacional haya medido todas
las consecuencias de ese breve texto.
Bernard Accoyer (Vicepresidente del grupo UMP de la Asamblea), el
promotor de esta enmienda, dice haber descubierto el año
pasado, por azar, bajo la indicación de un corresponsal,
la existencia de un inquietante "vacío jurídico"
que amenazaría la seguridad pública. Él se
propone colmarlo.
Nosotros no decimos que el Sr. Accoyer ha descubierto la luna. Sin
embargo, si hubiera sido fácil introducir en el ámbito
de las psicoterapias la licentia docendi (el permiso de enseñar)
y el monopolio universitario, podemos pensar que eso estaría
hecho desde hace ya mucho tiempo.
Si no ha sido este el caso, hay que creer que existen ciertos obstáculos.
Estos obstáculos, conviene primero identificarlos antes de
saber si pueden ser levantados, y en qué condiciones, si
eso fuera deseable.
La naturaleza misma de la acción psicoterapéutica
se presta mal al cotejo de los grados universitarios.
Entre las psicoterapias, la mayor parte de ellas que operan con
la palabra y la escucha, proceden del psicoanálisis (y éste,
según Michel Foucault, de la práctica de la confesión).
Ahora bien, desde el origen es un hecho que las concepciones difieren
tanto sobre los parámetros del tratamiento psicoanalítico
como sobre los factores que concurren a su eficacia. La naturaleza
exacta del "inconsciente" es controvertida. Freud mismo
ha cambiado en varias ocasiones de concepción. Las corrientes
se han multiplicado, y durante largo tiempo han combatido entre
ellas. Actualmente se aprecia una cierta tendencia a la pacificación,
pero también a la fragmentación. El desarrollo de
la disciplina ha proseguido pues desde hace un siglo fuera de la
universidad y es profundamente antipática con el ideal universitario
tradicional, tanto más cuanto que se le exige al practicante
que haya él mismo pasado como paciente por un análisis,
sometido a todas las condiciones de una relación interpersonal,
confidencial por naturaleza. El Estado, en su sabiduría,
se había hasta ahora preservado de legislar al respecto,
a pesar de las tentaciones que periódicamente volvían
para "colmar un vacío".
¿Qué es lo que ha cambiado? En primer lugar al lado
del psicoanálisis propiamente dicho, práctica poco
común y exigente, la demanda social ha dado lugar a numerosas
sustituciones y otras maneras de hacer; el público exige
ahora la protección del consumidor.
Al mismo tiempo, la medicina esclarecida por la ciencia, ha salido
decididamente del empirismo y ha conocido progresos sensacionales
que explican que se sueñe con beneficiar al psicoanálisis
con nuevos abordajes: codificación de las prácticas,
evaluación cifrada de los resultados, establecimiento de
series estadísticas, elaboración de protocolos, "coloquios
de consensus", "estandarización de las pautas",
"procedimiento transversal".
Lejos de nosotros la idea de contestar la cientificación
de la medicina, que es algo bueno, pero ocurre que, al menos a nuestro
parecer, los métodos que han hecho maravillas en cancerología
y epidemiología encuentran obstáculos de estructura
en psicoanálisis.
En efecto, aunque pueda parecer sorprendente, en psicoanálisis,
lo que dice el sujeto de su síntoma, constituye el síntoma
mismo. Dicho de otro modo, a diferencia del síntoma médico
o psiquiátrico, el síntoma en sentido analítico
no es objetivo, y no puede ser apreciado desde el exterior; la evaluación
misma de la curación es también tributaria del testimonio
del paciente. Estamos a mil leguas de la práctica médica
contemporánea, que tiende cada vez más a pasar de
interrogar al paciente, para extraer en cambio del cuerpo un conjunto
de cifras. De hecho, hasta la emergencia del psicoanálisis,
el objetivismo de los mejores psiquiatras les conducía a
considerar a las mujeres histéricas como simuladoras y a
sus enfermedades como imaginarias.
Si el nombre de Freud ha quedado en la memoria es porque ha sido
el primero en sobrepasar los ideales del cientificismo que le había
formado, y en reconocer, en términos sino científicos
al menos compatibles con la ciencia, lo real singular e invisible
que estaba presente en el sufrimiento de la histeria. Cuando el
Sr. Accoyer ejerce su práctica de ORL, el tapón de
cera está ahí, el que obstruye el conducto auditivo,
lo ablanda y lo extrae. En los trastornos neuróticos, el
ojo clínico no ve nada.
Los tratamientos de pura sugestión donde opera el único
ascendiente de la "fuerte personalidad" y que para nada
son científicos, sin embargo no están exentos de eficacia.
Si no, no comprenderíamos por qué los adivinos, los
astrólogos, los Rasputín, han pululado desde siempre
por los pasillos del poder. Los malos espíritus sostienen
incluso que el carisma del hombre político, véase,
del líder religioso, sería del mismo orden que el
de los charlatanes.
En el tratamiento psicoanalítico por el contrario, el analista
tiende a dejar de lado el factor de su personalidad: disminuye las
marcas de su presencia, tiende a lo impersonal, se hace invisible,
rara vez utiliza la palabra. Según las escuelas debe, para
llegar a la posición ideal, pensar siempre en sus propios
pensamientos, o no pensar en ellos nunca. En cualquier caso, se
está de acuerdo generalmente en decir que queda un residuo
de ese factor personal y que ese residuo es irreductible. Igualmente,
aunque sea largo y exigente, un análisis llamado didáctico,
aquel que prepara a un sujeto a ejercer el psicoanálisis,
no consigue nunca anular este resto. El sujeto científico
puede tender a lo impersonal, el sujeto analítico no puede
hacerlo.
La evaluación de este factor -- llamémosle el factor
pequeño a -- es muy difícil. No llegamos a cifrarlo,
como tampoco podemos "computar" la libido freudiana. Corresponde
más bien a lo que los contables de la administración
militar llaman una salida de escritura: un caso que se sale del
margen. Si Freud ha escrito tanto y ha renovado constantemente sus
abordajes, podríamos decir que es precisamente porque quería
con desesperación capturar este pequeño a en el discurso
científico, y hacer de él un objeto como los otros.
Luego vino Lacan que tuvo que concluir que había en el mundo
un tipo de objeto que no había sido localizado hasta ahora
(al menos en Occidente): lo llamó el objeto pequeño
a.
Del lado del analista, este objeto es el resorte del acto analítico;
del lado del paciente es el resultado de la operación. Su
evaluación requiere procedimientos singulares y, evidentemente,
confidenciales.
Por ello, la formación de los psicoanalistas ha estado tradicionalmente
asegurada desde Freud por fuera de la universidad, en asociaciones
que garantizan la formación y la práctica de sus miembros.
La mayoría de ellos trabajan o han trabajado durante largos
años en instituciones públicas; la gran mayoría
tiene diplomas universitarios de psiquiatría y psicología;
otras formaciones universitarias son igualmente acogidas; pero estas
formaciones previas no se confunden de ninguna manera con la formación
psicoanalítica, que es específica. Cada asociación
tiene sus protocolos de evaluación y de acreditación,
controlados sin cesar por los pares, a través de múltiples
encuentros nacionales e internacionales.
Lo que ha chocado en el episodio presente, que deberá ser
rápidamente sobrepasado, es la demasiada discreción
y precipitación que han marcado la elaboración y el
voto de esta desgraciada enmienda y, sobre todo, el vocabulario
de urgencia y de amenaza que ha sido empleado. Este estilo de intimidación
no era digno de la representación nacional, y no era apropiado
para una materia que requiere ser tratada con tacto y discernimiento,
con todo el respeto que merece el dolor psíquico, incluso
si no aparece sobre las imágenes del IRM, con el respeto
también hacia esos psicoterapeutas independientes, sin diplomas
a veces, que gestionan honestamente un pequeño carisma personal,
ofreciendo una escucha atenta y modesta a la miseria del mundo.
Evidentemente, hay en ese ámbito, operadores muy nocivos,
que abusan de la credulidad pública, que difunden camelos,
que prodigan sin consideración promesas de felicidad. Existen
también las sectas, por las cuales el Sr. Accoyer se preocupa
legítimamente, sin olvidar los industriales del "psi-business",
que acumulan fortunas, pero tememos que justamente sean estos los
intocables.
No, "los 30.000 psicoterapeutas que ejercen en Francia",
como se dice ahora, no son de ninguna manera en tanto tales una
amenaza. Todo lo contrario, ellos aseguran una función social
eminente, aunque no reglamentada.
Agujereen por decreto el cascarón de la escucha que envuelve
la sociedad, el almohadón compasivo sobre el cual ella se
asienta, agujereen el tímpano de todas estas orejas, erradiquen
el psicoanálisis, hagan la vida imposible a los psicoterapeutas,
den libre paso al amo moderno que avanza con el estruendo de sus
protocolos y de sus acreditaciones, acorazado en sus engaños
y en sus banderas, y ustedes verán, como por milagro, reaparecer
las patologías desaparecidas, tales como las grandes epidemias
histéricas; y ustedes verán crecer y multiplicarse
a las sectas y a las brujas, que se introducirán en las profundidades
de la sociedad y escaparán tanto más a su censura.
Hay que saber que las prácticas de la escucha están
destinadas a expandirse en toda la sociedad. De aquí en adelante
estarán presentes tanto en la empresa como en la escuela,
y cada uno puede constatar que inspiran el estilo mismo del discurso
político contemporáneo. La escucha se ha convertido
en un factor de la política y en una apuesta de civilización.
Si hay que llegar a enmarcar este sector que está en crecimiento
acelerado, esto debe ser hecho con todo conocimiento de causa, con
el acuerdo de los diferentes actores serios, en la serenidad y anticipando
los contraefectos.
¿Una reglamentación debe pasar por la creación
de un "acto psicoterapéutico" que actualmente no
existe? Si fuera creado, sería entonces un acto común
para los médicos y para los no médicos, luego entonces,
sería descalificado con respecto a la prescripción
médica; debería ser remunerado, agravando tanto más
el presupuesto de la seguridad social, y padeciendo las inevitables
restricciones que se anuncian. Sabemos, por ejemplo, el uso que
se hace en Suiza y en los países escandinavos de la llamada
a la "buena práctica" para justificar toda suerte
de restricciones de acceso a las psicoterapias. Sabemos también
cuán incierto puede ser el diagnóstico en esta materia.
En cualquier caso, sería exorbitante incluir en este marco
al psicoanálisis, como lo propone el Dr. Cléry-Melin
en el informe que ha presentado a principio de octubre al ministro
de sanidad.
Esto no presagiaría otra cosa que la regresión profunda
de la disciplina, su rebajamiento, seguido de su decadencia. Hemos
visto que esto ha ocurrido en muchos países, concretamente
en EE. UU. ¿Es esta "excepción francesa"
la que detestamos y la que queremos hacer desaparecer?
Imaginemos que la frontera hoy porosa entre el acto terapéutico
y la actividad llamada de "counselling" se endurezca.
Los psicoanalistas se verían al final forzados a inscribirse
en ese lado. Se construirían redes -analista-consejo, generalista
prescriptor ocasional, clínica privada- evitando el paso
por el "Psiquiatra coordinador regional" verdadero prefecto
de la salud mental, previsto por el Dr. Cléry-Melin. Llegaríamos
rápidamente a una estratificación de la distribución
de la atención. Lo que hasta ahora era accesible al público,
con a veces algunos errores de atribución (ciertos esquizofrénicos
tratados con sesiones cotidianas de psicoterapias, contabilizados
en las hojas de cuidados remunerados), eso estaría a partir
de ahora jerarquizado; la no igualdad de las clases sociales frente
a la atención se acentuaría aún más;
el psicoanálisis estaría entonces reservado a la clase
media favorecida (upper myddle class).
Cuando la salud pública está en juego, y en el ámbito
tan delicado de la salud mental, es muy imprudente legislar sin
haber abierto el más mínimo debate público.
La coyuntura temporal entre el voto de la enmienda Accoyer y el
depósito del informe Cléry-Melin se ha añadido
al penoso episodio y hace que se le califique de "guet-apens".
Pero sería vano pararse en procesos de intención.
Conviene que la enmienda Accoyer sea ahora retirada. Ella habrá
tenido el mérito de haber despertado a los psicoanalistas
y, más allá, a todos aquellos que no creen que las
vías del futuro en nuestras sociedades puedan estar trazadas
por el cálculo clandestino de evaluadores con pretensión
universal.
Contemos con que el Senado sabrá dejar al debate público
la oportunidad de desarrollarse en la opinión ilustrada.
Jacques-Alain Miller dirige el Departamento de Psicoanálisis
de la Universidad de París VIII, es ex-Presidente de la Asociación
Mundial de Psicoanálisis. - Traducción: Carmen Cuñat
y Oscar Caneda.
(1) J.-A. Miller alude a las altas temperaturas del último
verano en Francia, que produjeron más de 14.000 muertos.
(N. del E.)
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