-Escuelas que componen
la AMP
-Publicaciones de la AMP
-Otros sitios ligados a
la AMP
-Otros sitios Lacanianos

 
 

Introducción
Este articulo fue escrito a manera de reflexión, pocas días después de los sangrientos atentados a los trenes de cercanías de Madrid en Atocha, España. Óscar Ventura es colega de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, es argentino y radicado en Alicante.

Las Consecuencias del traumatismo
Por Oscar Ventura

La definición más coloquial del trauma consiste en la irrupción súbita de un acontecimiento inesperado. Se lo califica de traumático en tanto que esta irrupción desencadena en quien la experimenta un estado que puede ir de la angustia a la confusión, del anonadamiento a la pérdida de las coordenadas de la realidad, de la euforia a la depresión, por nombrar solo algunas de las consecuencias primeras que se pueden percibir en la inmediatez fenomenológica del encuentro de un sujeto con el choque con algo que lo desborda, que sobrepasa su capacidad de elaboración lógica, que rebasa las posibilidades del uso de la razón para tramitar sus efectos.

Siempre un traumatismo modifica las relaciones del sujeto con el mundo, modifica de una forma radical la cotidianeidad de cualquiera que se creía amparado en los signos de su rutina, en el teatro privado de sus ensoñaciones, tanto en el de sus pequeñas miserias como en el de sus satisfacciones. El traumatismo, con lo que puede tener de arbitrario, abre el abismo del sinsentido, hace sobrevolar sobre quien lo experimenta y todavía puede contarlo, el fantasma de la muerte, esa compañera del ser humano a la que habitualmente se la trata de mantener a una distancia prudencial para que invada lo menos posible, con su inevitable guadaña, el tiempo que nos queda por vivir.

Este Jueves 11 de marzo, no importa, por lo menos en primera instancia, quien sea el responsable, nos ha despertado de la peor manera posible, el reloj del trauma ha anunciado su presencia más descarnada bajo la forma, otra vez, del asesinato en masa, el espectáculo del terror volvió a entrometerse en nuestras casas, en la de cada uno de nosotros, haciéndonos atragantar hasta la nausea con las imágenes dantescas de la tragedia, con los testimonios entrecortados de aquellos que podían huir del escenario del infierno construido en las estaciones de los trenes de cercanías de Madrid.

Las consecuencias psíquicas del esta forma de genocidio moderno no se pueden medir de un modo general, es imposible, por más que el neopositivismo de la ciencia contemporánea se empeñe en la obsesión por cuantificar los daños: Doscientos muertos, mil quinientos heridos, una vez dichos, se congelan en números que no pueden decir nada sobre el sufrimiento puesto en juego. El sufrimiento que se desprende del traumatismo del terror, como cualquier otra forma del sufrimiento humano responden a una lógica que escapa a la colectivización, a la homogenización. Los daños psíquicos, en un sentido estricto, sólo son medibles, uno por uno, cada uno con el propio, cada uno con su particular manera de tramitarlo. Es por eso que el sistema asistencial que contiene en este momento a los damnificados inmediatos requiere de una atención personalizada, de un diálogo íntimo con cada uno de los que demandan ayuda, es la forma más sensata de la solidaridad, no vale la misma fórmula para todos, los protocolos caen en picado cuando se trata del esfuerzo de hacer elaborar en cada uno lo real del estallido de la vida de todos los días. Esta es una orientación básica para hacer eficaz la asistencia psicológica ante la presencia del delirio del mundo que nos ha tocado vivir. Si eso, es decir, este mundo en el que vivimos, tiene todavía la posibilidad de ser elaborado bajo los argumentos de la razón. Dejaremos estas reflexiones para otra ocasión.

No obstante, la singularidad del sufrimiento y la necesariedad de una asistencia sutil, delicada, abstraída en la medida de lo posible de la intoxicación informativa, no invalida bajo ningún punto de vista las muestras de solidaridad colectiva, las grandes manifestaciones de masas que son el rasgo de una respuesta inmediata de rechazo a la barbarie, pues bien sabemos, de una manera u otra que todos estamos en el mismo tren, somos compañeros de viaje de aquellos que iban de camino al encuentro con la vida de todos los días y fueron sorprendidos por la muerte y la mutilación; o aquellos otros, indemnes de daños físicos, si lo podemos decir de este modo, pero que llevarán la marca del impacto como un lastre del cual no es nada sencillo desprenderse.

Sin embargo, por más que nos pese, estas muestras de solidaridad colectiva tienen un límite. Por una parte, representan una forma de catarsis inmediata, necesaria si se quiere, pero por otro lado sus efectos suelen ser efímeros. También es, entre otras cosas, la representación de sabernos vivos, la manifestación más o menos consciente de una forma de pensamiento que se materializa en una argumentación, también muy humana y que se puede condensar en una reflexión del tipo: a mi no me ha tocado y vaya suerte que he tenido. Es también una forma legítima de expiar el sentimiento de culpabilidad por seguir disfrutando del sol o la lluvia de cada mañana. Sin dejar de ser una forma auténtica de acercamiento al otro, si la analizamos en su sentido más profundo toda solidaridad guarda en su interior una buena dosis de narcisismo. Esto, lejos de alarmarnos si se lo puede metabolizar, si se encuentran los mecanismos para despojarlo de cualquier prejuicio y entenderlo como una esencia más de lo humano, puede convertirse en el antecedente de un modo de lazo social mucho más digno, menos cobarde si lo podemos decir de este modo.

Si seguimos el hilo de esta reflexión se hace imprescindible hablar de responsabilidad, cuestión difícil en esta época de espejismos, de ideales frágiles que cambian según los dictámenes de ese amo moderno y sin rostro identificable que es el mercado, es esta la época de las grandes voces que nos dicen lo que tenemos que ser, a lo que nos tenemos que parecer para estar a la altura de los tiempos. La alienación, la dictadura de una globalización ciega en la que se ofrece como mercancía cotidiana la frivolidad absoluta pretende envolvernos en el sopor del estado de un supuesto bienestar. Y de repente nos sorprende el estruendo de las bombas asesinas matando inocentes y nos rasgamos las vestiduras. Somos inocentes, es verdad, ninguna verdad que venga de la razón puede justificar la matanza indiscriminada. Pero ella ocurre. Esta es la realidad más tangible queridos amigos.

¿Cómo responder? La política, en estos tiempos tiene una orientación hegemónica, la política corre el serio riesgo, si ello no ha ocurrido ya, de convertirse en una ficción estéril, meros administradores; los partidos se asemejan más a empresas que a instituciones al servicio de los ciudadanos. Sus logos pretenden emular las marcas de moda, su publicidad se nutre de las estrategias del marketing, no se trata en esta política del siglo XXI de los ciudadanos en su sentido clásico, sino de los consumidores modernos. Los pacientes de las consultas psicológicas o médicas se han convertido en usuarios, la salud tanto psíquica como física no escapa a las leyes del mercado por más que las voces prometan lo que prometen, la palabra es más bien un objeto devaluado, ha perdido la dignidad del pacto para convertirse en la ambigüedad de un sentido siempre interpretable de cualquier manera. Por lo general la que conviene al guardián de turno.

Tal vez el honor más digno que podamos hacerle a estos compañeros de viaje en el tren de la muerte prematura y absurda que son las víctimas que hoy todos lamentamos es nuestra presencia responsable. Una presencia que no deje de preguntarse sobre las causas que han permitido que el horror se desencadene bajo la forma de la atrocidad del terrorismo. Esto requiere, con todo el dolor que pueda entrañar, un cuestionamiento radical de las coordenadas que orientan nuestro mundo. Un cuestionamiento que seguramente debería empezar por preguntarse cada cual y por preguntarle al discurso de la política si es sólo el fanatismo psicótico del fundamentalismo religioso o nacionalista el culpable. Como si estos fenómenos aberrantes surgieran por generación espontanea.

Con una nitidez impresionante verificamos que las respuestas que no tienen en cuenta ese sabio principio de la política que es la autocrítica, esa sabia manera de no responder bajo el telón de fondo de la arrogancia autocrática ejercida por el espejismo de un poder que pretende sostenerse solo como poder de fuego están destinadas a lo peor. Como botón de muestra basta las consecuencias, anunciadas por muchos, de lo que significa hasta el momento la limpieza planetaria que pretende llevar a cabo la clase dirigente norteamericana junto a sus aliados, enmudecidos a toda posibilidad crítica.

Estas respuestas, que caracterizan al estilo de la post modernidad, y que son impuestas por la ignorancia de vaqueros trasnochados, que ignoran lo que ellos mismos provocan, no encuentran otra realidad social que los efectos de una guerra monstruosa a escala mundial, una guerra inédita que ha perdido todo convencionalismo ético. La realidad planetaria se inunda de fenómenos aberrantes que tienen como consecuencia la dilución misma del sentido de lo humano.

Depende de cada uno, si eso es posible a esta altura, construir un compromiso ético que permita cuestionar al discurso político de la época en su debilidad intelectual, reside quizá en este acto la posibilidad de convertir las consecuencias de estos traumatismos impuestos e inútiles, que tienen entre sus efectos más espeluznantes la amenaza angustiante del terror, en la posibilidad de otra cosa. Una dignidad serena para todos solo puede sostenerse en el reconocimiento de la alteridad estructural en la que se sostiene la organización de las civilizaciones. Esto implica la renuncia a la posibilidad de la existencia de una verdad como absoluta.

Alicante, 13 de marzo de 2004.