Un intérprete de las complejidades: sobre el lugar del psicoanalista en las instituciones de salud mental

Ana Simonetti, de la EOL Córdoba y la AMP, dará una conferencia la semana próxima en Rosario. Recordó que Lacan advirtió que renuncie a la práctica quien no pueda unir a su horizonte lo que ocurre a los seres humanos en su época.

La psicoanalista Ana Simonetti, analista miembro de la Escuela de Orientación Lacaniana (EOL) Córdoba y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis, respondió preguntas de la directora de la sección Rosario de la EOL, Marcela Errecondo. Simonetti, residente en Córdoba, estará en Rosario el próximo viernes 3 de julio, para dictar la conferencia sobre «El psicoanalista en la institución. Entre embrollos, normas y singularidades». Y al día siguiente, se desarrollará una actividad clínica en la Escuela. El diálogo entre las analistas se transcribe a continuación.

Marcela Errecondo:–Sabemos de su larga y rica experiencia con respecto al trabajo en las instituciones de salud mental. Queremos preguntarle, en estos ámbitos en donde se comparten momentos de vida y tareas cotidianas, ¿De qué manera puede intervenir un psicoanalista? ¿Hay otras modalidades que no sean el consultorio y el diván? ¿Se trata de hacerlos hablar?

Ana Simonetti:–Sus preguntas me evocan varias referencias del doctor Jacques Lacan. Una de ellas, que es un norte para nosotros los psicoanalistas de la Orientación Lacaniana, es en la que, al comienzo de su enseñanza, en 1953, nos advierte que renuncie a la práctica del psicoanálisis quien no puede unir a su horizonte lo que ocurre a los seres humanos en su época. Es decir, se requiere de un psicoanalista que, devenido tal en su propia experiencia analítica, una a su vida la ductilidad necesaria para captar la angustia de su época en tanto se presta a ser eje de otras vidas, lo que a la vez implica haber adquirido la capacidad para intervenir oportunamente, dentro de lo posible. Desde este marco que indica y precisa la posición de un psicoanalista en la civilización y en su época, le planteo algunas reflexiones respecto a sus preguntas.

El papel de un psicoanalista en una institución, y no sólo de Salud Mental, va más allá de hacer hablar y escuchar a las personas que demandan. Un psicoanalista se presta en la institución misma como lector e intérprete de las situaciones complejas, de los enredos que impiden muchas veces ubicar con claridad la salida de un conflicto, de un impasse, de una crisis.

Estamos transitando en nuestra sociedad una democracia conquistada por la ciudadanía, por más de 30 años. Eso mismo introdujo la dimensión de la permisividad, la liberación del mercado, la diversidad de sexualidades, las consecuencias de los fundamentalismos y la conectividad que atraviesa culturas en el planeta. Estamos en una época con todos esos matices y contrastes, y con la velocidad y prisa de los individuos, que no alcanzamos a ordenar muchas cosas.

Y esto no ocurre sólo fuera de las instituciones, ocurre dentro. Un psicoanalista cuenta con los instrumentos propios de su formación que es continua para hacer pasar al Otro social/institucional las consecuencias del acto analítico.

M.E.: –La ley de salud mental apunta al trabajo interdisciplinario, suelen encontrarse acompañantes terapéuticos que muchas veces son psicólogos recién recibidos, asistentes sociales, terapistas ocupacionales y psicoanalistas. No siempre comparten la misma idea acerca de los objetivos a alcanzar. ¿Cómo se puede ubicar el psicoanalista en este panorama?

A. S.: El psicoanálisis no promete la felicidad como armonía de los sexos y tampoco prejuzga sobre el bien, sobre lo que es el bien para cada persona. Así puede funcionar como un buen partenaire que orienta a elaborar e inventar soluciones singulares para las personas. Esa ductilidad de la que le hablaba antes, a la vez se hace posible en los ámbitos colectivos.

Por otro lado, el psicoanalista está atento a las posibilidades terapéuticas que tiene su praxis, sin dejar de lado la potencia del procedimiento analítico propiamente dicho.

Hoy advertimos la diversidad de demandas, muchas de ellas extremas, personas en riesgo para su vida y/o los otros.

El psicoanalista está totalmente habilitado a desplegar su función en situaciones complejas, en las tramas familiares actuales, parejas, padres e hijos, en urgencias subjetivas, en situaciones postraumáticas, en la violencia desencadenada, en las adicciones generalizadas… Es más, recuerdo muy bien en mis años de residencia en psiquiatría, ya con formación psicoanalítica, que colegas médicos de otras instituciones requerían de nuestra intervención para cuestiones de malestar en el equipo, ante la muerte intempestiva de un niño, por ejemplo. Pero siempre el psicoanalista evaluará cada situación en su particularidad porque sabe que no hay respuestas universales.

Su función es tanto en el ámbito del consultorio de la institución con cada paciente, familia, etc., así como en los grupos interdisciplinarios, preservando su lugar y el de cada uno: separa lo médico, lo social, lo químico de su propio hacer. Eso es útil a la vez para cada disciplina y para la persona que demanda.

Un psicoanalista en formación -no sólo con los textos, con las supervisiones de su práctica y con su propia experiencia psicoanalítica, formación que no ocurre en la universidad sino en la Escuela (EOL)-, no deja de proponer los criterios propios del psicoanálisis a la hora de evaluar cada caso, más allá de las clasificaciones estandar. El psicoanálisis atiende al sufrimiento subjetivo singular por fuera y más allá de cualquier mapeo genético. Los bordes de lo normal y lo patológico de otrora se han desdibujado y podemos decir que en ese campo el psicoanálisis tiene mucho para trasmitir.

Publicado por: Rosario/12